UN ACTO DE JUSTICIA



Tardaron un día en levantar un Mcdonald enfrente de mi casa, una puta noche para ser más exactos. Esto me llevó a preguntarme (pregunta estúpida donde las haya) por qué hay tantas personas que siguen durmiendo en la calle si son capaces de construir algo como esto en tan solo un maldito día.

La cosa es que en una sola noche, con alevosía y nocturnidad, habían levantado aquello justo donde antes había una vieja nave abandonada que era el hogar de una familia de gatos callejeros. Yo solía bajar todos los días a dejarle algo de comida y agua. Me sentaba con ellos y pasábamos juntos gran parte de la noche.


Ahora ya no estaban, habían desaparecido, se habían esfumado sin dejar rastro alguno. Este nuevo Mcdonald se los había, literalmente, tragado de la noche a la mañana. Me pregunto qué habrán hecho con ellos, a dónde habrán ido, cuáles habrán sido sus destinos. Conociendo al ser humano me era inevitable no imaginar el más tenebroso de los finales.


Unos meses más tarde, los gatos, como era de esperar, seguían sin aparecer. En el barrio todos hablaban sobre el nuevo Mcdonald. Los vecinos comentaban que era un buen negocio para la zona. Algunos de ellos, la mayoría, sabían que antes allí vivían unos gatos, pero nadie hablaba de ellos, parecía que a nadie les importaba lo más mínimo. No, no lo parecía, así era.

Todas los días se llenaba de numerosas familias. Padres con sus hijos que comían ajenos a lo que allí había sucedido. Y lo peor no es que estas familias no supiesen nada, lo peor es que, de saberlo, me temo que a ninguna de ellas les hubiese importado lo más mínimo.


Cuando paso por la puerta, me es inevitable no pensar en cometer algún acto de justicia. Quizás algún día, por algún motivo paranormal o extraño, todas sus paredes comiencen a arder y en el humo aparezcan ellos, rozándose contra mis piernas, maullándome entre las llamas y contándome todo lo que ha sucedido.


Sin duda, sería una preciosa, idílica y romántica despedida. Me sentaría con ellos, por una última vez, y disfrutaríamos viendo cómo las llamas consumen por completo aquel maldito Mcdonald.


Carlos Kaballero


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